Lo que el terapeuta siente y no siempre dice

Las reacciones emocionales del terapeuta y su lugar en la comprensión clínica

Miras la agenda y reconoces un nombre. Todavía faltan varias horas para la sesión, pero ya sientes cierta resistencia. «Hoy no tengo ganas de atenderlo».

El pensamiento dura poco. La culpa, bastante más.

¿Cómo puedes sentir eso por alguien que confía en ti? ¿No deberías tener más paciencia? Has escuchado su historia, sabes cuánto le cuesta pedir ayuda. Y, aun así, la sesión te pesa.

Es una experiencia difícil de admitir, incluso en supervisión. Podemos hablar con detalle de las dificultades del paciente y omitir, precisamente, lo que nos está ocurriendo con él: nos irritamos, perdemos interés, queremos convencerlo o empezamos a esperar resultados con una urgencia que no habíamos reconocido.

Sentir estas reacciones no determina nuestra competencia. La manera de responder a ellas sí forma parte de nuestra responsabilidad profesional.

Lo que nos ocurre merece atención, sin minimizarlo y sin convertirlo en un motivo más de condena personal.

La emoción aparece; la explicación puede equivocarse

Un paciente vuelve a una relación que le hace daño. Llevamos semanas trabajando sobre ello. Lo escuchamos y pensamos: «Otra vez lo mismo».

Sentimos frustración. Hasta ahí, hemos reconocido una experiencia propia.

Después concluimos: «En realidad no quiere cambiar». Aquí ya hemos dado un paso distinto: atribuimos una explicación a su conducta.

Puede parecer una diferencia pequeña. En la sesión, sus consecuencias son importantes. Si damos por cierta esa conclusión, quizá dejemos de preguntar qué ocurrió, qué temió perder o qué hizo insuficiente el trabajo realizado.

La emoción es información sobre nuestra experiencia; su significado clínico sigue siendo una hipótesis.

La irritación puede relacionarse con un límite poco claro. También con cansancio, expectativas poco realistas o una intervención que necesita ajustes. La sensación de impotencia puede acompañar una dificultad real del tratamiento, pero no demuestra que el paciente carezca de posibilidades.

Algo semejante ocurre con las emociones agradables. Sentir una conexión especial o salir entusiasmados de una sesión tampoco confirma que estemos comprendiendo bien el caso.

Conviene mantener separadas tres preguntas:

  • ¿Qué siento? Frustración, temor a equivocarme, ganas de terminar.
  • ¿Cómo lo estoy explicando? «No se compromete», «espera demasiado de mí».
  • ¿Qué evidencia respalda esa explicación? ¿Lo hemos explorado o lo estoy suponiendo?

Esta distinción ayuda a evitar que una reacción termine convertida en una etiqueta sobre el paciente.

¿De quién es lo que estamos sintiendo?

El concepto de contratransferencia permite estudiar aspectos de la participación emocional del terapeuta. Sus definiciones varían: algunas destacan las respuestas vinculadas a su historia y sus conflictos; otras incluyen una gama más amplia de experiencias dentro de la relación terapéutica (Hayes et al., 2018).

Esa diversidad obliga a ser cuidadosos. Nuestra reacción no nos permite conocer directamente la mente del paciente.

Pensemos en alguien que solicita respuestas constantes: «Dígame qué hacer». El terapeuta empieza a sentirse presionado. Quizá esa presión ayude a explorar cómo la persona busca seguridad en sus relaciones. Pero también puede revelar la dificultad del profesional para decir: «Todavía necesitamos comprender mejor lo que ocurre».

A veces ambas necesidades se encuentran: uno necesita certeza; el otro necesita sentirse capaz de ofrecerla.

Antes de atribuir una reacción al paciente, necesitamos revisar nuestro estado, nuestras expectativas y la interacción:

  • ¿Nos ocurre con otras personas? Quizá también nos cuesta tolerar el desacuerdo fuera de consulta.
  • ¿Qué pasó justo antes? Una crítica, un silencio, una petición fuera del acuerdo.
  • ¿Cómo estamos llegando a trabajar? Con descanso suficiente o acumulando cansancio y preocupaciones.

La profundidad clínica también consiste en reconocer explicaciones sencillas cuando son pertinentes.

El deseo de ayudar también necesita examen

La irritación suele preocuparnos. La sobreprotección, bastante menos. Se parece demasiado a aquello que valoramos de nuestra profesión.

Alargamos una sesión porque la persona está sufriendo. Respondemos un mensaje fuera del acuerdo. Hacemos una excepción más. Puede haber buenas razones clínicas para hacerlo.

La dificultad aparece cuando empezamos a sentir que poner un límite equivale a abandonar.

Alargamos una sesión porque la persona está sufriendo. Respondemos un mensaje fuera del acuerdo. Hacemos una excepción más. Puede haber buenas razones clínicas para hacerlo.

La dificultad aparece cuando empezamos a sentir que poner un límite equivale a abandonar.

Entonces ya no solo estamos considerando qué necesita el paciente. También estamos intentando resolver la culpa o la angustia que nos produce no estar disponibles.

Reconocerlo cuesta. Nos obliga a revisar una conducta que quizá entendíamos como prueba de compromiso.

La pregunta es concreta: ¿qué beneficio tiene esta intervención para el paciente y qué necesidad mía está atendiendo? Por ejemplo: ofrecer apoyo necesario, aliviar mi culpa o sentirme indispensable.

La respuesta puede incluir varias cosas. Lo importante es advertirlo a tiempo para decidir con criterio.

El apoyo necesita ajustarse a la situación y considerar la autonomía de la persona. Si asumimos decisiones que podría aprender a tomar, o nos volvemos su único recurso, corresponde revisar la dirección del cuidado.

Cuando necesitamos que el paciente mejore

Hay procesos que ponen a prueba nuestra paciencia. La persona comprende una dificultad, pero vuelve a actuar de la misma manera. Acepta una propuesta y después no consigue realizarla. Avanza durante unas semanas y retrocede.

Podemos preguntarnos qué está dificultando el cambio. También podemos empezar a vivir esa dificultad como una evaluación de nuestro trabajo.

«Si no mejora, algo estoy haciendo mal».

Esa preocupación puede ser útil si nos lleva a revisar el tratamiento. Se vuelve problemática cuando necesitamos que el paciente avance para recuperar nuestra tranquilidad.

Podemos insistir demasiado, defender una intervención o escuchar sus objeciones como excusas. Sin proponérnoslo, empezamos a exigirle que confirme nuestra competencia.

Antes de concluir que falta compromiso, conviene preguntarnos:

  • ¿Los objetivos fueron realmente acordados? Quizá aceptó por complacernos.
  • ¿Las propuestas son viables? Puede faltarle tiempo, recursos o habilidades.
  • ¿Qué barreras seguimos sin comprender? Temor a perder un vínculo, vergüenza o consecuencias del cambio.
  • ¿Qué significa para mí que no avance? «Estoy fallando», «no valora mi esfuerzo».

También necesitamos evaluar los resultados: respetar el ritmo de alguien no justifica mantener indefinidamente un tratamiento que no está ayudando.

La frustración puede orientarnos hacia una revisión necesaria, siempre que no la convirtamos en un juicio sobre la persona.

Qué hacer con la reacción durante la sesión

No siempre podremos comprender lo que sentimos mientras está ocurriendo. Sí podemos reconocer cuándo empieza a dirigir nuestra conducta.

Tal vez estamos interrumpiendo más. Nuestro tono se ha endurecido. Sentimos urgencia por convencer. Ya estamos preparando una respuesta mientras el paciente sigue hablando.

Ese es un momento para hacer una pausa breve.

Puede bastar con advertir la tensión, recuperar una respiración cómoda y nombrar internamente lo que aparece: «Me estoy frustrando», «quiero defenderme», «me estoy apresurando».

Después necesitamos volver a escuchar.

Regularnos permite conservar capacidad de elección. Desde ahí podremos preguntar, aclarar un acuerdo o revisar una intervención. Algunas interpretaciones tendrán que esperar hasta después de la sesión.

Una crítica al tratamiento ofrece un buen ejemplo. Si sentimos vergüenza, podemos responder enumerando los avances. Quizá sean reales. Pero, mientras defendemos el trabajo, podríamos dejar sin explorar una insatisfacción importante.

Una respuesta más útil sería: «Quisiera entender qué sientes que no te está ayudando».

Antes de intervenir, conviene preguntarnos: ¿qué intento conseguir con mi respuesta? Comprender su experiencia, corregir un malentendido o demostrar que tengo razón.

Reconocer ese propósito puede cambiar lo que decidamos decir.

La reflexión necesita consecuencias

Bennett-Levy (2006) sitúa la reflexión en un lugar central de su modelo de desarrollo de habilidades terapéuticas. Aplicada a este tema, exige relacionar lo que sentimos, lo que hicimos y el efecto que observamos.

No basta con reconocer: «Este caso me moviliza mucho». Necesitamos precisar cómo: ¿evitamos un tema?, ¿flexibilizamos acuerdos repetidamente?, ¿estamos tomando decisiones con menos cuidado?

Hayes y colaboradores (2018) encontraron una asociación entre el manejo satisfactorio de la contratransferencia y mejores resultados terapéuticos. Los estudios presentaron heterogeneidad y limitaciones; estos hallazgos no demuestran causalidad ni garantizan que cualquier forma de reflexión mejore el tratamiento.

La supervisión permite contrastar nuestras interpretaciones y revisar decisiones. Para aprovecharla, necesitamos llevar también aquello que nos resulta incómodo contar: el rechazo, el favoritismo, las ganas de rescatar o la necesidad de aprobación.

Cuando las dificultades interfieren con la atención, corresponde actuar: buscar consulta, supervisión, atención personal o ajustar las condiciones de trabajo. El estándar 2.06 de la American Psychological Association recoge esta responsabilidad cuando los problemas personales pueden comprometer el desempeño profesional.

Ideas clave

  • Una reacción emocional necesita comprensión antes que juicio. Reconocerla permite examinar cómo está influyendo en la atención.
  • La emoción es real; su explicación puede equivocarse. Necesitamos contexto, evidencia y explicaciones alternativas.
  • Nuestra respuesta puede tener varias fuentes. La historia personal, el cansancio, las expectativas y la interacción merecen revisión.
  • El deseo de ayudar también necesita límites y propósito. Conviene reconocer cuánto responde al paciente y cuánto a nuestra dificultad para tolerar su sufrimiento.
  • La frustración invita a revisar el tratamiento. Antes de atribuir falta de compromiso, corresponde examinar objetivos, barreras e intervenciones.
  • Regularnos permite elegir cómo responder. Una pausa ayuda a reconocer la urgencia por convencer, defendernos o tranquilizar.
  • La reflexión debe tener consecuencias prácticas. Su valor aparece al ajustar decisiones, reparar desencuentros y buscar apoyo cuando corresponde.

Preguntas frecuentes

¿Un terapeuta experimentado debería dejar de sentir estas reacciones?

Los años de práctica no garantizan que desaparezcan. La competencia incluye reconocerlas, examinar sus efectos y responder adecuadamente. Tener experiencia y revisar la experiencia son cosas distintas.

¿Cómo sé si la reacción proviene de mí o del paciente?

Puede tener varias fuentes. Revisa cuándo apareció, qué la precedió y si ocurre en otros contextos. Por ejemplo: ¿te irrita esta petición en particular o te cuesta, en general, que alguien cuestione tus decisiones? Considera distintas explicaciones y contrástalas en supervisión.

¿Qué hago si siento irritación o rechazo?

Observa si está afectando tu escucha, tu tono o tus decisiones: interrumpir, responder con dureza o evitar temas pueden ser señales. Revisa cansancio, expectativas, límites y dificultades del tratamiento. Si persiste o perjudica la atención, busca supervisión y realiza los ajustes necesarios. El paciente merece un trato respetuoso mientras trabajamos sobre esa reacción.

¿También debo revisar el entusiasmo o el afecto especial?

Sí. Pregúntate si mantienes el mismo criterio al evaluar avances, riesgos y límites. Por ejemplo: ¿estás pasando por alto una dificultad o haciendo excepciones que no has justificado clínicamente? Una experiencia agradable también puede acompañar una interpretación equivocada.

¿Debo decirle al paciente lo que siento?

No necesariamente. Antes de compartirlo, necesitas un propósito clínico claro y valorar sus posibles efectos. Pregúntate: «¿Le ayudará a comprender algo o necesito desahogarme?». El paciente no debe quedar encargado de tranquilizar o cuidar al terapeuta.

¿Cuándo corresponde considerar una derivación?

Cuando existen dificultades de competencia o interferencias que comprometen la atención y no pueden resolverse suficientemente con las medidas disponibles. Una emoción incómoda, por sí sola, no determina esa necesidad. La decisión debe cuidar el bienestar del paciente y la continuidad asistencial.

¿Qué hábito puedo comenzar a practicar?

Después de una sesión significativa, registra brevemente: qué ocurrió, qué sentiste, qué interpretaste, cómo respondiste y qué necesitas revisar.

Por ejemplo: «Cuestionó la terapia; sentí vergüenza; pensé que desvalorizaba mi trabajo; me defendí; necesito explorar su insatisfacción».

Protege la confidencialidad del registro y lleva a supervisión lo que se repita o afecte tus decisiones.

Comprender también a quien escucha

Podemos interesarnos sinceramente por una persona y tener dificultades para acompañarla. Admitirlo permite comenzar un trabajo que la autocrítica, por sí sola, no resuelve.

La responsabilidad consiste en examinar nuestra participación, corregir lo necesario y buscar apoyo antes de que el paciente cargue con aquello que nos corresponde atender.

Comprender a quien consulta exige también disposición para examinar a quien escucha.

Referencias

American Psychological Association. (2017). Ethical principles of psychologists and code of conduct (2002, con enmiendas de 2010 y 2016). https://www.apa.org/ethics/code

Bennett-Levy, J. (2006). Therapist skills: A cognitive model of their acquisition and refinement. Behavioural and Cognitive Psychotherapy, 34(1), 57–78. https://doi.org/10.1017/S1352465805002420

Hayes, J. A., Gelso, C. J., Goldberg, S., & Kivlighan, D. M. (2018). Countertransference management and effective psychotherapy: Meta-analytic findings. Psychotherapy, 55(4), 496–507. https://doi.org/10.1037/pst0000189

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